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Daily Archives: febrero 22nd, 2007

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A temporadas, cuando estoy especialmente nerviosa o preocupada por algo, incluso de forma inconsciente, me despierto a mitad de la noche , casi siempre sobre la misma hora, entre las tres y las cuatro , después de haber matado el cansancio más perentorio , con la sensación de que mis ojos ya no van a querer cerrarse y la angustia añadida de pensar que durante esa jornada voy a estar hecha un piltrafa .

Al principio me pasaba el tiempo dando vueltas en la cama, intentando mentalizarme de volver a dormir como fuera , contando ovejitas a la desesperada; al final las asesinaba. Evitaba pensar en cualquier cosa pero conseguía el efecto contrario, es decir , la mente tal que una cafetera llena de pensamientos en ebullición . De puro cansancio me acababa durmiéndo media hora antes de que sonase el despertador .

Poco a poco fui adoptando técnicas que me permitieran volver cuanto antes al ansiado estado onírico : primero reparé en que, cuanto más inmóvil me quedaba, más actividad mental desarrollaba y, por tanto , menos lugar dejaba para el sueño . Así que procuraba levantarme y hacer algo dentro de los márgenes de la prudencia, por la hora. Casi siempre acababa leyendo . Probé a hacerme tila y vi que la cosa funcionaba, solo que transcurrido un buen rato . Así que, finalmente di con la técnica. En cuanto me despertada con esa sensación de juerga mental me levantaba de inmediato, me hacía una tila doble en el microondas y mientras se enfriaba y hacía su efecto, me ponía a leer . Con un poco de suerte podía estar durmiendo de nuevo en cuarenta y cinco minutos, como máximo en una hora , lo que me daba un margen adicional de sueño nada despreciable de entre dos o tres horas, incluso más.

Desde mediados del mes de noviembre y hasta bien entrado el mes de enero del nuevo año tuve una de esas temporadas de desvelos nocturnos . Supongo que, entre otras cosas , me preocupaba la salud y el estado de ánimo de mi padre .

Una de esas noches , sobre las tres, me sorprendió escuchar desde la cocina de mi casa el canto de un pájaro . Sabía que los pájaros madrugan, pero no imaginaba que tanto . Al día siguiente volví a escucharlo y al otro , siempre sobre la misma hora , entre las tres y las cuatro. Por esa época, además, estaba leyendo un libro cuyo protagonista oía de forma cotidiana el canto de un pájaro del que no conseguía averiguar el origen , así que no podía dejar de encontrarle una cierta gracia a la coincidencia de que, mientras mi personaje de ficción escuchaba el canto de un pájaro, yo, en la vida real, con su libro en las manos, escuchaba el canto de otro.

Sin embargo el canto de ambos pájaros no tenía nada que ver . Mientras uno cantaba de día, el otro lo hacía de noche . El de ficción, según la descripción del autor hacía una especie de ruidillo sordo, un creck-creck repetitivo parecido al sonido de las ruedas de un reloj de pared, cuando se le da cuerda.

Mi pájaro de las tres a las cuatro emitía un canto más parecido a una conversación ininteligible que a un canto de pájaro propiamente dicho, exento de los tonos altos y agudos que generalmente le son propios; la conversación de una voz sumamente dulce , serena, una voz sin género ni edad, con un abanico inacabable de matices expresivos , de colores . El canto de ese pájaro era un dedo que dibujaba cosas en mi pecho.

Acabé el libro, pero seguía despertándome y escuchar el canto del pájaro acabó siendo para mí como un aliciente en esos ratos de desvelo . Sumergida en el silencio de la noche, tenía la sensación de que en el mundo no existíamos más que el pájaro y yo . No sabía de qué clase se trataba, no lo identificaba con ninguno conocido. Por lo demás, saber si era mirlo, tordo o qué se yo, no me interesaba. Me apetecía más pensar que era único . Me hacía compañía .

Llegó un punto en que mi naturaleza se equilibró, al parecer de forma paralela a mi estado de ánimo y no volví a despertarme hasta que sonaba la odiosa alarma del móvil . Y me sorprendí más de una vez durante el día echando de menos el canto del pajarillo, pues a otra hora que no fuera aquella parece que no existía .

La otra noche me desvelé de nuevo con la conocida sensación, pero en lugar de desasosiego sentí ilusión por escuchar de nuevo el canto, por iniciar esa íntima rutina que de alguna manera, no sé cual , conseguía teñir una fracción de mi tiempo con un poco de magia .

Salté inmediatamente de la cama, me dirigí a la cocina – desde donde mejor se escucha el pájaro – y , decepción, en el reloj del microondas indicaba las cuatro y cuarenta y cuatro. Ni siquiera me hice la tila, me fui a la cama, pero intenté permanecer alerta por si, a pesar de la hora mi amigo con alas estaba despierto y con ganas de cantar. Transcurrido un buen rato desistí de esperar nada y noté como me vencía el cansancio . Cuando menos lo esperaba, sucedió , durante apenas tres o cuatro segundos, un momento, cinco matices, un trazo en mi pecho … Me dormí inmediatamente .

Al día siguiente reflexionaba yo sobre lo ocurrido y le daba el siguiente significado : que el pájaro seguía ahí , como lo indicaba la escueta señal que me había dado, pero para escucharlo debía despertarme a la hora de siempre, a la hora de su canto , de las tres a las cuatro .

Sin embargo, aún no he perdido la razón de tal manera como para poner el despertador a las tres de la madrugada para escuchar el canto de un pájaro. Apenas lo suficiente para perder el tiempo escribiendo esto . Pero quién sabe, a lo mejor, algún día …