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He encontrado este exquisito artículo de Mª Ángeles Maeso, que , a pesar de datar del 2003 sigue, por desgracia , de plena actualidad .

En el mismo, con visión certera y profunda, pone el lenguaje y la literatura al servicio de una visión solidaria de la política internacional , al servicio ante todo, de un mundo en paz . No añado más porque creo que el artículo lo dice todo tan bien, que mis burdas explicaciones y mis adjetivos mercenarios, estan de sobra :

“LOS ADJETIVOS MERCENARIOS
María Ángeles Maeso

El adjetivo, cuando no da vida, mata
(Huidobro)

Los adjetivos atados al sustantivo “guerra” son los traidores de la paz. La
palabra “guerra” es tan terriblemente significativa que siempre debería aparecer
desnuda, ninguna otra palabra debería prestarse a socorrer su exhibición. Por eso
hablo de adjetivos mercenarios, se colocan al lado de la guerra y la disfrazan de algo,
¿de qué? De algo que se pronuncia en voz baja pero que es limpio, quirúrgico,
humanitario, justo, rápido, preventivo… Adjetivos que se pronuncian más alto que el
sustantivo “guerra” que los arrastra.

Hay palabras como “guerra”, “bomba”, “libertad” o “justicia” que sólo con
pronunciarlas vislumbramos lo que designan, y con tanta nitidez e intensidad que
conviene preguntarse por qué adjetivo alguno se empeña en estar ahí, calificando de
“preventiva” la guerra, de “ecológica” una bomba, de “infinita” la justicia, de “duradera”
la libertad. ¿Por qué esos adjetivos están ahí? El adjetivo, cuando no da vida, mata,
nos advierte el poeta, esos adjetivos atados a nombres de tal fuerza sustantiva ¿qué
vida les dan?

Ante cualquiera de esos pares de palabras ¿quién no ha experimentado
pinchazos en el cerebro? “Guerra preventiva”, “Libertad duradera”, “Justicia infinita”,
“Bomba ecológica”… Cualquier hablante acostumbrado a emplear con sentido su
idioma siente el pinchazo de la contradicción hurgando en su cerebro. Sencillamente,
duele escuchar eso. Todo puede decirse, la mentira y la verdad tienen por igual
cabida. ¿Y la ausencia de sentido? nos preguntamos ahora. ¿Es semánticamente
aceptable el contrasentido? ¿Estamos realmente ante sinsentidos?
Las palabras, todas las palabras, tienen significado, pero ¿lo tienen estos pares
de palabras? Conocemos el significado de esos nombres, sabemos lo que significan
cada uno de esos sustantivos y adjetivos, pero ¿qué sucede al unirlos para que los
encontremos inaceptables de algún modo?

Justicia infinita. Libertad duradera. ¿Son términos con un claro sentido?

Si decimos “justicia” vemos una de las cuatro virtudes cardinales que inclina a
dar a cada uno lo que corresponde o pertenece. No necesitamos que sea infinita. No
entendemos qué significa ese extremo. Ese adjetivo le añade connotaciones de algo
tan exagerado que la justicia resulta mermada, pues una justicia tan desproporcionada
ya no es, evidentemente, justa. Si “Justicia infinita” fue un lema que duró tan poco fue
precisamente porque sonaba demasiado arrogante, como a terrible venganza de los
castigos divinos. Fue sustituido en semanas por “Libertad duradera” no por evitar
ofender a los musulmanes, para quienes solo Alá puede aplicar ese tipo de justicia,
pues el nuevo lema seguía remitiendo a esferas divinas.
Del mismo modo, si decimos “libertad” no vemos cortapisas para ejercerla,
¿cómo entonces se le añade “duradera”, si el emparejamiento de ambos términos deja
sin sustancia al nombre “libertad”? ¿No se trata ahora de una libertad condicionada?
“Guerra preventiva”, “bomba ecológica”, “catástrofe humanitaria”
¿Pueden ser oxímoros del tipo “Es hielo abrasador, es fuego helado”… del
soneto de Quevedo? No. El oxímoron es una combinación, en la misma estructura
sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un
nuevo sentido. El sentido que consigue transmitirnos el soneto de Quevedo sobre el
amor es ese totum de sentimientos que confluyen en la pasión amorosa. El usa de
esta figura retórica y multiplica el sentido de cada predicado del amor al utilizar dos
términos contrapuestos. Pero ¿hay un sentido multiplicado en “guerra preventiva”?
¿Cabe prevenir a alguien de algo haciendo uso de ese algo? ¿Cabe en nuestra mente
la idea de prevenir a alguien de una guerra haciendo una guerra? Decimos guerra y
vemos la muerte, ¿alguien puede concebir la noción de matar a alguien para evitar la
muerte? Es evidente que no. Esa multiplicación del sentido, propia del oxímoron, no la
encontramos en “guerra preventiva”; ni en “bomba ecológica” ni en “catástrofe
humanitaria” Estamos en el caso del contrasentido. Significado cero.
Si no hay un sentido multiplicado, ¿se tratará, entonces, de una expresión
irónica? Pero la ironía como recurso literario consiste en dar a entender lo contrario de
lo que se dice; en los casos de estos pares de palabras no sabemos aún qué es lo que
se nos dice. ¿Cómo darle un segundo sentido al contrasentido si no podemos obtener
un primero?

Son una combinación de palabras que entre sí se repugnan como el «cuadrado
redondo» del que hablaba Ortega y Gasset. Construcciones lingüísticas que pueden
ser generadas por la gramática de una lengua, pero que resultan semánticamente
inaceptables. Son expresiones no significativas, sinsentidos. Sensura1, llama Bernard
Noel a esta moneda corriente que consiste en la privación del sentido.

Es lenguaje de guerra: Uno de los dos tiene que morir

Una expresión tiene significado sólo si su presencia no está completamente
determinada por el contexto2, ¿en qué contexto adquieren algún significado estas
expresiones? Hemos llamado a estos adjetivos mercenarios porque son términos que
van a la guerra al servicio de un amo militar. A vivir en el contrasentido. Los amos de
la guerra crean un lenguaje de guerra. En esos pares contradictorios, sin sentido, una
palabra tiene que devorar a la otra: “Bomba ecológica”, “catástrofe humanitaria”,
“guerra preventiva”; es imposible que las dos sigan ahí. Son términos enemigos
obligados a guerrear en un feroz contrasentido, para que alguno de los dos imponga
su significado.

Es lenguaje de guerra, procede mediante sustituciones semántica: se hace la
guerra para lograr la paz; las guerras son calificadas de humanitarias, limpias,
preventivas; las bombas de ecológicas; si arrasan países es un acto de “justicia
infinita”… Lenguaje de guerra; adjetivos mercenarios que engordan su significado
aniquilando el de su vecino. El contrasentido es tan fuerte que nuestro cerebro no lo
soporta y elige retener uno de los dos términos. ¿Cuál?: Los adjetivos portadores de
nociones como “preventivo”, “ecológico”, “justo”, “ecológico”, etc. Aunque nos llegan
ecos del otro término, había ahí una guerra, no lo vemos, porque el significado
“guerra” unido a esos adjetivos que hemos preferido retener es inadmisible; era,
recordémoslo, como pinchazos de espinas en el cerebro.

Hemos dicho que el sustantivo “guerra” es tan rotundo que es difícil barrerlo de
un plumazo, es el portador de la verdad, el núcleo significativo de una referencia en el
mundo real, y, sin embargo, quien gana es la mentira que porta el adjetivo, pues
¿quién no prefiere unas guerras así, sin muertos, limpias, justas, rápidas…, a una
guerra desnuda, meramente sustantiva, con su horrible carga de muerte inocultable?
Esos adjetivos que sólo parecen crear contrasentido, cumplen una sucia jugada
verbal que consiste en seducir con las palabras: la guerra al lado de ellos parece
menos guerra, su sustancia se disuelve entre los adjetivos. Si observamos cómo se
repiten, quién los lanza, caeremos en la cuenta de lo que son.

¡Son estereotipos! Deberíamos temblar al comprobar que están aquí.

Quien seduce no tiene por qué convencer. Vence tramposamente. Llegan a
nuestros oídos expresiones que no entendemos y que, sin embargo, nos resulta muy
fácil repetir. Alguien nos las repite una y otra vez hasta hacernos ver lo que no es
posible ver. Sencillamente, porque no existe. No hay guerras justas, quirúrgicas,
ecológicas, humanitarias, preventivas… No. Pero el virus del contrasentido ha sido
inoculado. Así se crea el “lugar común” Son estereotipos. Están aquí. Persiguen
ocultar la realidad. Esos pares cumplen tal función.

¡Estereotipos! La lacra del idioma. Da igual que se ajusten a verdad o mentira,
al estereotipo, al cliché, le basta con seducir, con vencer, sin convencer. Tras ellos
siempre hay grandes mentiras pero no es eso lo que importa, el objetivo del
estereotipo es ocultar la realidad; para ello, a veces, le sirve la verdad, otra verdad que
anteponer a la que quiere ocultar.

Lenguaje de señores de la guerra amantes del cliché, del eslogan
propagandístico. Del amo que obliga a las palabras a un uso mercenario. Hitler acuñó
enlaces contra natura del tipo “gusano judío” hasta conseguir que los alemanes no
distinguieran ambos significados. Sólo estableciendo tan aberrante identidad de
significados llegaron a ver como peligrosísimos enemigos a una población que en la
Alemania de 1933 no pasaba del 1%. Al fascismo le encanta el estereotipo. Ocultar la
realidad. Seducir mentirosamente.

¿Quién puede negarse a la seducción de esas dos palabras? se preguntaba
Pedro Salinas al reparar en la expresión “nuevo orden” de la que tanto hablaba Hitler.
Dos palabras atrayentes uncidas al servicio de la causa más siniestra. En ese mismo
poder de seducción de las palabras se basan los nuevos estereotipos. Ahora
comprendemos que el contrasentido latente en estas expresiones es propaganda de
guerra, está al servicio del estereotipo. Y estos no se hacen para que reparemos en
ellas, sino para llevarnos la mirada seductoramente hacia otro lugar, desde el que no
podamos ver la realidad.

El deseo de que algo sea realmente preventivo de la guerra es tan fuerte en
nosotros que, si nos brindan la posibilidad de realizarlo, contarán con colaboración. Es
por ese deseo por donde empieza a operar la seducción del estereotipo. Pero nadie
que esté organizando una guerra desea evitarla; quien la está preparando busca
nuestra adhesión incorporando de algún modo ese deseo nuestro de paz en las
denominaciones de sus guerras. El resultado son estas aberraciones lingüísticas que
circulan como lemas propagandísticos. El lenguaje se defiende a su modo
resistiéndose a conciliar lo inconciliable y elegimos retener uno de ellos. Justamente lo
que no existe. Ningún hablante, como pide Cortázar (1984), debe reproducirlos:
Digo libertad, digo democracia, y de pronto, siento que he dicho esas palabras
sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y
siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez
como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, o en un cliché sobre el cual
todo el mundo está de acuerdo, porque esa es la naturaleza misma del cliché y del
estereotipo. Anteponer un lugar común a una vivencia, un convencimiento a una
reflexión, una piedra opaca a un pájaro vivo.

La piedra opaca del sarcasmo.

Las palabras tienen que seguirnos siendo útiles pero están cautivas, son la
morada del poder, son el pájaro encerrado en el contrasentido, en el estereotipo, en el
sarcasmo. Darles su sentido supone hacer un viaje al contexto en el que fueron
creadas esas alianzas contra natura. Encontrar, a la luz de los hechos que nombran,
qué más hay bajo los perversos significados que les han impuesto.
Admitir como veraz una proposición falsa con fines de burla es una ironía, pero
todos sabemos que “libertad duradera” y “justicia infinita” fueron el modo de nombrar
algo muy serio: el resultado fueron tantos miles de afganos muertos que los EEUU aún
guardan su número en secreto.

Sabemos también que no hay guerras limpias, ni quirúrgicas, pero esos fueron
los adjetivos que se ataron a ataques iniciados en 1991, contra Irak, donde lo único
sucio era un patito manchado de petróleo. Tardamos años en saber que hasta la foto
de aquella ave era un montaje; años en ver las dantescas imágenes verdaderas con
los horrores de esa guerra “limpia”. El linchamiento de Irak no fue completo y precisa
de una segunda guerra que lleva el adjetivo “preventiva”, el tipo de guerra que
emprende una nación contra otra presuponiendo que ésta se prepara a atacarla. Pero
el adjetivo resulta igualmente un sarcasmo si reparamos que fue acuñado por los
americanos cuando Irak ya estaba siendo, secretamente, bombardeada por ellos.
“Ayuda humanitaria” no pasaría de ser una burda redundancia si no fuera
porque la “ayuda” que la OTAN prestó al pueblo albano-kosovar, para evitar su
represión por Belgrado, adquirió forma de bombardeos masivos e indiscriminados
sobre Yugoslavia. Las intervenciones humanitarias se hacen para apoyar a las
víctimas de alguna tiranía, pero no para generar más víctimas. Invocar esa
“humanitas” para asesinar es lo más sucio, cínico y sarcástico que se pueda concebir.
En su contexto de origen, no hay duda sobre el tipo de figura literaria a la que
prestan servicio estos adjetivos: No hay ironía sino sarcasmo. “Sátira desgarradora de
la carne” es su significado etimológico. Ello nos habla de la certeza que tenían los
griegos en el poder, benéfico o destructor, de las palabras. Para que nos fuera
presentado el dolor que puede ser inferido por el lenguaje acuñaron términos como
éste: “sarcasmo”, esa variante que adquiere la ironía cuando se hace mordaz, cruel e
hiriente.

En eso es en lo que incurrimos permitiendo tal lenguaje, aceptando lo que
semánticamente es inaceptable.

El pájaro vivo

No hay mejor modo de desvelar el contrasentido que dejar a las palabras en su
desnudez. Cuanto más terrible es la realidad más fuerte es el empeño en negárnosla.
Quienes hacen la guerra, quienes pueden evitarla la presentan disfrazada, saben cuán
peligroso es nombrar la desnudez. Saben, como sabemos nosotros, que las palabras
son fuente de visión. Las que nombran la verdad de la guerra podrían espantarnos
tanto que no lo soportaríamos. Provocaría de inmediato una reacción contraria. De ese
modo ganan tiempo. Este lenguaje de guerra es el heraldo que la precede. Lenguaje
de guerra que trae la guerra. Guerra en el lenguaje. La primera víctima, la verdad. La
muerte del sentido.

El pájaro renace, vive nuevamente si se hace ese viaje hacia el origen, hacia la
desnudez de la palabra, hacia su soledad. No a la guerra, así, sin adjetivo mercenario
alguno. La sola palabra -nos dijo T. Tzara- basta para ver.

(Madrid, febrero, 2003) ”

Como lo he encontrado en varias páginas, ignoro la fuente que debo añadir, por lo que me limito a citar a la autora.

( Ya sé que es largo , pero quien haya llegado al final, tiene premio 😉 )

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2 Comments

  1. La página donde primero apareció fue (como es el caso de otros buenos de la misma “poeta”…) en http://www.nodo50.org/reformaenserio/articulos/marzo04/

  2. Hola Colega :

    Gracias por añadir el link . Creo que ya lo había visto, pero como he dicho dudaba si era “el bueno” .

    Aparte de compartir buena parte de las ideas que se expresan en esa página, la verdad es que hay mucho y bueno que leer. Contáis con colaboraciones excelentes . Por cierto, sospecho que tú personalmente, también escribes ¿ me equivoco ?

    Un saludo


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